Níkopol: el “polígono de entrenamiento” de los crímenes de guerra rusos

Cómo es la vida en Níkopol, ciudad que los ocupantes rusos utilizan como polígono de prácticas para pilotos de drones.
Sergiy Okunev10 Marzo 2026UA DE EN ES FR RU

Нікополь, @ Cергій Окунєв

Níkopol @Sergiy Okunev

Antes de la invasión a gran escala, la ciudad de Níkopol superaba los 100,000 habitantes; su ribera junto al río Dnipro era un enclave turístico y se podía alcanzar la central nuclear de Zaporiyia en apenas media hora, incluso en transporte público. Hoy, Níkopol resiste directamente en la línea del frente, separada del enemigo solo por el cauce del río, en cuya orilla izquierda las posiciones rusas se encuentran a una distancia de tan solo 3 a 5 kilómetros.

En el periodo 2025-2026, el término Killzone (zona de exterminio) ha dejado de ser una jerga exclusivamente militar. Debido al auge de los drones de ataque y reconocimiento, sumado a la drástica reducción de sus costes, el territorio en un radio de hasta 20 kilómetros de la línea del frente se ha transformado en una franja de peligro extremo, donde los FPV (drones de visión en primera persona) enemigos impactan contra casi cualquier objetivo que capte su óptica.

Нікополь, @ Cергій Окунєв

Níkopol @Sergiy Okunev

Toda la extensión de Níkopol, una urbe de gran densidad con barrios de edificios de gran altura, se halla actualmente al alcance no solo de los drones FPV rusos, sino también de su artillería. Las áreas costeras sufren incluso el hostigamiento de morteros. Los informes diarios de las autoridades locales registran sistemáticamente decenas, y a menudo más de un centenar, de ataques por jornada.

Resulta especialmente cínico que los ocupantes rusos empleen Níkopol como campo de entrenamiento para sus operadores de drones. Investigaciones periodísticas e informes de la inteligencia ucraniana sostienen que los centros de formación se ubican dentro del recinto de la propia central nuclear de Zaporiyia. Los invasores utilizan, de facto, una instalación de alto riesgo nuclear como escudo humano y técnico para sus pilotos, conscientes de que el Ejército de Ucrania no puede lanzar ataques contra el territorio de la planta.

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Para un observador externo, puede ser impactante el descaro con el que los rusos exhiben sus propios crímenes. El 15 de febrero, por ejemplo, el neonazi ruso y exdirector de Roscosmos, Dmitry Rogozin —líder del grupo militar “Lobos del Zar"—, publicó en su canal de Telegram un vídeo de un dron atacando Níkopol. Rogozin afirma explícitamente que se trata de un “examen” de uno de los centros de formación de pilotos. Las imágenes muestran el impacto contra un inmueble civil sin presencia militar alguna; aun así, Rogozin sentencia que “el examen ha sido aprobado”.

Numerosos canales de Telegram vinculados a la propaganda del Kremlin o a unidades militares de la Federación Rusa han difundido imágenes similares, refiriéndose abiertamente a la ciudad como un “polígono de entrenamiento”.

A pesar de la lluvia diaria de drones, artillería e incluso bombas aéreas guiadas, el centro de Níkopol mantiene una actividad sorprendente. El transporte público opera, los cafés y restaurantes permanecen abiertos, y en las avenidas principales se forman colas de ciudadanos mientras los altavoces advierten de una “amenaza inminente de bombardeo”. Es evidente que, tras cuatro años, la población ha desarrollado una resiliencia extrema para subsistir en tales condiciones.

Нікополь, @ Cергій Окунєв

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El panorama cambia drásticamente en los barrios ribereños frente a la orilla ocupada. En estas zonas, el acceso es casi imposible, tanto en vehículo como a pie. Los edificios históricos y el sector residencial, que antes presumían de hermosas playas, están destruidos en un 70-80%. Estas áreas son las más críticas: durante las jornadas de sol y buen tiempo —momentos de máxima actividad de ataque—, ni siquiera los servicios de emergencia pueden aventurarse en ellas.

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Dada la escasa distancia con las líneas enemigas, los drones rusos irrumpen en estos barrios en segundos; detectarlos o reaccionar a tiempo es una tarea casi imposible. Con la artillería, la situación es incluso más desesperada. En condiciones normales, se escucha la “salida” (el disparo), lo que otorga desde unos segundos hasta varios minutos para buscar refugio. En la costa de Níkopol, el sonido del disparo y el estallido del proyectil suelen ser simultáneos o estar separados por un margen de apenas 1 a 3 segundos, anulando cualquier posibilidad de reacción.

Bajo este asedio, en una de las zonas más peligrosas de Ucrania, todavía residen civiles. Aunque las autoridades instan a la evacuación, muchos alegan que el apoyo social y las condiciones de reubicación son insuficientes, lo que los encadena al peligro. Las unidades policiales “Ángeles Blancos” ejecutan auténticas operaciones especiales para rescatar a quienes finalmente deciden marcharse, enfrentándose a drones rusos que no discriminan y atacan incluso a los vehículos de evacuación claramente identificados.

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Sumado al fuego directo, la zona ribereña padece el colapso de los servicios básicos. El enemigo golpea sistemáticamente transformadores y subestaciones eléctricas. Algunos hogares pasan entre 10 y 20 días sin suministro debido a la “caza” deliberada que los drones realizan contra las brigadas de reparación. Los trabajadores civiles de electricidad y gas se han convertido en objetivos prioritarios para los pilotos rusos.

Solo en el invierno de 2025-2026, brigadas de la compañía eléctrica DTEK fueron alcanzadas en repetidas ocasiones, sufriendo ataques directos contra sus vehículos de trabajo. Intentar una reparación en la ribera sin ser interceptado por un dron es hoy una misión casi suicida. Esta misma persecución la sufren ambulancias y personal del Servicio de Emergencias.

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Níkopol es, lamentablemente, otro exponente de la táctica rusa del “safari humano”, una estrategia de terror ya vista en Jersón. En ambas ciudades el patrón se repite: una línea de frente dividida por el río Dnipro, posiciones enemigas a tiro de piedra y drones cazando a cualquier ser vivo que se mueva por las calles.

Este “safari” es la prueba irrefutable de un crimen de guerra premeditado. No se trata de errores de cálculo o daños colaterales, sino de la implementación de una infraestructura de terror diseñada para convertir ciudades habitadas en “ciudades fantasma”. Es crucial subrayar que ni en Jersón ni en Níkopol se registran combates terrestres activos desde 2023; la línea del frente es estable y no hay ofensivas en curso. El terror de las tropas de ocupación tiene un único y exclusivo destinatario: la población civil.

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