Pasar por ocho cámaras de tortura en 21 meses de cautiverio ruso

‘. . . Nos decían que nos iban a cambiar, que tocaba un intercambio de prisioneros. . . Me han trasladado de un lugar a otro ocho veces, y cada una de esas veces yo pensaba que iba a ser intercambiado. Pero me llevaban al calabozo de turno. Al bajarnos del furgón policial, nos recibían con palizas. ’
Iryna Skachko12 Abril 2024UA DE EN ES FR RU

Ілюстрація: Марія Крикуненко / Харківська правозахисна група Иллюстрация: Мария Крикуненко / Харьковская правозащитная группа

Imagen de María Krikunenko / Grupo de derechos humanos de Járkiv

Román Krivulya, mecánico militar de un centro de comunicaciones y veterano de la guerra ruso— ucraniana, pasó un año y nueve meses en cautiverio.

— En cautiverio siempre tenía mucha hambre, recuerda. — Tenía muchas ganas de algo dulce... Todo era insípido.

Román nos cuenta su historia en el camino desde el hospital en Dnipro, donde estuvo después del intercambio, hasta su casa, en la región de Jarkiv. Cuando comenzó la invasión a gran escala, él no estaba en el trabajo, sino en su casa, en el pueblo de Lyptsi. Simplemente no le dio tiempo de llegar a su unidad: la aldea fue ocupada en las primeras horas de la ofensiva enemiga.

Lyptsi, Cherkaski Tyshki, Strileche

— Tenía miedo de que alguien se fijara en mí y descubriera que era militar. Vestía de civil, recuerda.

Román y su familia se mudaron a Lyptsi hacía varios años. Cuando no estaba en el trabajo, pasaba tiempo con mi hijo. No tenía amigos ni conocidos entre los vecinos.

Se encontró en manos de los invasores por casualidad: buscaban a otro militar que supuestamente vivía en el apartamento vecino.

— Les dije que no era militar. Ellos respondieron: “Sí, si no eres tú, pues hay otro vecino que sí es militar, un tal P”. Como resultó más tarde, su suegra vivía al lado mío. Por eso debería de conocerle. Pero no he estado mucho en Lyptsi, nunca lo he visto.

Al principio, el hombre estuvo retenido en un granero en la aldea vecina de Cherkaski Tyshky. Luego lo trasladaron a un sótano grande. Román cree que fue un hospital psiquiátrico en la aldea de Strileche. Varias personas más estaban encerradas junto con él en aquella cámara de tortura. Un hombre permaneció esposado durante tres días.

— Sus manos ya eran negras, ni siquiera azules. Había una chica con él. Ella les suplicaba llorando:” ¡Aflojen las esposas, por favor, que él ya no siente las manos!” Pero les daba igual.

Después de varios días de torturas, de repente liberaron a Román, pero se llevaron todos sus documentos.

— Me llevaron a casa. Uno de ellos dijo: “Te doy un día para que encuentres a P. Si no lo encuentras, vendremos a por ti” .... Incluso si hubiera querido huir, sin documentos me hubieran detenido. Al pillarme en algún puesto de control, me habrían disparado en el acto. Estuve preguntando a los vecinos. Todo el mundo dijo que no conocía a este militar.

Por la tarde volvieron a buscar a Román.

— Llegaron los “Tigres” (*carros militares rusos). De allí salieron unos rusos armados hasta los dientes. Con ametralladoras, con chalecos antibalas. Sacaron un papel: “¿Eres tú?” Miré y vi que era mi carné de combatiente (Román estuvo combatiendo en la guerra rusa contra Ucrania desde 2014.), mi foto. Y allí empezó. Todos se me echaron encima. Intenté resistir. Me golpearon sin parar, me llevaron a casa. Revolvieron la casa entera, lo revisaron todo, le quitaron el portátil a mi mujer, se llevaron todo lo que vieron, los teléfonos, las bebidas alcohólicas. Me ataron las manos detrás de la espalda, me vendaron los ojos, me metieron en el coche y nos fuimos. Pararon. Me sacaron y me dijeron: “Adelante”. Escuché que cargaron las ametralladoras, sacaron las pistolas. Me dijeron: “¡Ponte a rezar! Reza en nombre de la guerra. ¡La Federación Rusa tiene derecho a ejecutar sin juicio!” Leyeron algo y volvieron a cargar: “¿Has rezado ya?” “Adelante, les dije, son demasiadas palabras”. Me quedé allí, esperando, pensando en un balazo en mi cabeza o en mi espalda. Silencio. Se acerca a mí, me agarra por el cuello, me empuja y me aplasta contra el coche. Me arroja al auto, diciendo: “¿Qué pasa, cabrón? ¿No tienes miedo de que te disparen?” “¿Por qué tener miedo? ¿Quién te impedirá hacerlo?

Goptovka

— Goptovka fue lo peor de todo. En Goptovka, si me matasen, simplemente tirarían mi cuerpo por allí y se acabó... En Goptovka me rompieron las costillas, me torturaron con descargas eléctricas. Cada uno tenía su propia tortura. A alguno le ponían los electrodos en los dedos, a otros en la nariz, en la lengua y en los oídos. Una imaginación muy perversa. Un día me llevaron al interrogatorio, empezaron a golpearme, luego me apoyaron contra la pared y uno de ellos me dijo que, si decidía morirme, él tenía una jeringa con adrenalina. Que no es la primera vez que la usaba, sabía hacerlo. “Te devuelvo a la vida y seguiremos torturándote”. Me preguntaron sobre la estructura de nuestras tropas. ¿Cómo voy a saber yo qué tropas hay en Járkiv? Puede que haya muchas diferentes. Preguntaron si conocía a algún oficial de los Servicios de Seguridad o a guardias de fronteras.

Después de tal tortura, Román decidió admitir que era militar. Dice que así existía, al menos, una posibilidad de intercambio.

— De lo contrario, pensé, me torturarán hasta la muerte y no creerán que vivo en Lyptsi y no conozco a nadie. Inmediatamente dejaron de torturarme. Me llevaron a una celda y no me volvieron a tocar durante una semana.

Pero más tarde los ocupantes decidieron “ascenderme” al cargo del capitán mayor de los servicios especiales.

— Me preguntaron: “¿Cuántos años tienes?” Yo digo: “Casi cuarenta”. “¿Tienes educación superior?"— “Sí tengo” ... “¡Como mínimo debes ser capitán mayor!”— “No, sólo soy mecánico en el centro de comunicaciones de la radio…”— “¿Comunicaciones?”— “Sí...”— “¿Has estado en Georgia?”— “No, en mi pasaporte de viajes hay tan solo una visa para Polonia...”— “Por lo que veo puedo suponer que eres un agente especial”— “¡Se puede suponer cualquier cosa!”— “¡Ya está, no tengo más preguntas!”

Campamento, la región de Belgorod

Luego Román Krivulya fue llevado a un campamento para prisioneros ucranianos en Shebekino. Allí interrogaron, pero sin torturar.

— Estábamos metidos en una tienda de campaña, no podíamos asomarnos afuera. Primero nos traían la comida. Y una semana después empezaron a escoltarnos al comedor: llevando de una vez a diez o veinte personas, en fila. Sin levantar la cabeza, con las manos detrás de la espalda. Sin levantar la vista. También nos llevaron de tienda en tienda para interrogatorios. Estuvieron allí la fiscalía militar y los Servicios de Seguridad Federal. No me torturaron. Estando detenido, me hicieron una revisión, recibí tratamiento médico necesario.

Pasé unos 10 días en el campamento.

Centro de prisión preventiva en Stary Oskol

— Cuando me llevaron a Stary Oskol entendí lo que significaba ser un “capitán mayor y agente especial”. Te pegan unas palizas tremendas... Uno me decía: “¡Te cortaré los dedos, se los iré enviando a tu mujer, uno por uno, hasta que se vuelva loca recibiendo tu cuerpo entero por pedazos!”. Me golpeó durante una media hora. “Cuando llegue el de comunicaciones, en dos o tres semanas, si no le cuentas todo lo que quiere, te cortaré en pedazos como dije.” Durante varios días quedé esperando al tío de comunicaciones, esperando que me cortaran en pedazos para obtener respuestas. Llegó el de comunicaciones y no preguntó nada en especial: dónde estaba la brigada, cuántas personas había. Pero cómo iba a saber cuántas personas había, no había contado a la gente... Entonces anotaron algo y lo firmé. No sabía ni lo que firmaba. Lo tapó con un papel y me dijo: “Firma aquí”.

Donskoye, la región de Tula

Unos días más tarde, volvieron a llevar a los prisioneros a otro sitio. Los ucranianos esperaban volver a casa.

— Viajamos varias horas en coche. Yo creyendo que ya estaba, que íbamos de intercambio. Llegamos al aeródromo. Alguien dijo: nuestro avión debería llegar a las tres. Yo dando las gracias a Dios, pensando que nos llevarían a Turquía o a Kyiv. Llegó un avión de carga. Una hora de vuelo. Llegamos y volvió a empezar: de nuevo los furgones policiales, fuerzas especiales. Gritaron, soltaron palabrotas. Todos a correr. Llegamos a Donskoye. Al abrir el furgón, te agarraron por el cuello, te echaron fuera y te dieron patadas. Luego me preguntaron mi apellido y me echaron a patadas a correr entre la multitud: corrí y me empujaron con palos, con otras cosas. Me instigaron a correr hasta que acabé en el patio para paseos. “¡Ponte en cuclillas!” Me puse. Y así estuve en cuclillas desde las nueve de la noche hasta las cinco de la mañana. Muerto de frío. Después de aquello, mis piernas no me obedecían. Luego me llevaron a un cuarto. “¡De rodillas, de cara a la pared!” Caí de rodillas y me quedé así media hora más mientras preparaban el uniforme del preso y los médicos tomaban sus notas. Me hicieron fotos. Me desnudaron: “Ve al segundo piso y ponte unos calzoncillos 10 tallas más grandes. Ponte el uniforme.” Yo dije: “!No puedo ajustarlo, se me queda colgando!“ Y él respondió: “Te pones los calzoncillos y te remetes los pantalones por dentro”. Y empezaron a dispararme con una pistola paralizante corriendome a la celda con palos. La cámara se abrio y escurrí dentro. Escurrí literalmente, entrando de lado, ya que la puerta estaba encadenada, solo podías pasar de lado. Y estaban empujándome hacia dentro. En cinco o diez minutos llegó un nuevo prisionero. En otros 5 o 10 minutos, uno más. Y así acabamos los 17 hacinados allí.

La prisión de máxima seguridad número 1 de Tula, ubicada en la ciudad de Donskoye, es considerada una de las más inhumanas. Aquí los ucranianos sufren malos tratos, frío y hambre. Contagian tuberculosis.

— Cuando descubrieron a enfermos de tuberculosis en nuestra celda, los trasladaron a una cámara separada. Se quedaron allí los dos juntos. Y nos hicieron pruebas y durante ocho meses nos dieron cinco pastillas al día, como medida preventiva.

Los ucranianos recibían palizas todos los días. Pero lo peor fue acabar en una celda de castigo.

— Gracias a Dios, nunca he estado en una celda de castigo. Pero conocí a los que habían estado. Aquello es el temor de Dios. Un hombre podía permanecer en una celda de castigo durante dos o tres meses. Con tal de obligarlo a contar algo... Si en una celda normal hay diecisiete personas, cuando empiezan a repartir golpes, uno, dos, tres pueden tener suerte y recibir tan solo una patada. Pero cuando estás solo en una celda, te golpean todos los días.

Román cuenta que conoció a un prisionero civil que se había vuelto loco por las palizas y el hambre. El “régimen ruso” llevó a otro compañero de celda a una “gangrena de los pies”.

En tales condiciones Román pasó 9 meses. Y luego lo llevaron aún más lejos de su tierra natal.

Mordovia

Nuevo lugar, las mismas reglas. Apareció una esperanza del intercambio, pero acabó con una nueva “recepción” y palizas que duraron 11 meses.

— Nos solían decir: “Bestias, asesinos ¿os queréis ir a Europa? ¡Fuera! ¡Aquí está Europa!” Y volvía a empezar.

Me golpeaban por cualquier motivo. Por apoyarse en la cama en lugar de estar de pie durante el día: una paliza. ¿El guardia está de mal humor? Te va a pegar.

Entraban diciendo: “¡Elegir a los cinco para salir fuera!” Salen cinco personas. A estos cinco los golpean en el pasillo, para que no lo grabe la cámara, o los llevan al patio para paseos. Usando una pistola eléctrica y palos, y “ponte a bailar o cantar una canción”... Nuestro muchacho está cantando y el otro le dispara con la pistola eléctrica. O se sube al banco, acelera y le da una patada a la cabeza, porque mide un metro cincuenta y no alcanza ya que el prisionero es alto. Me rompió dos costillas de un lado. No pude ni respirar, ni dormir durante un mes.

Las torturas con descargas eléctricas seguían aquí también. Román fue golpeado tres veces hasta perder el conocimiento.

— Estoy en posición boca abajo. Me ordena hacer flexiones. Empiezo a hacer flexiones. Y este se me sienta encima y empieza a disparar con la pistola eléctrica por todo mi cuerpo: talón, pie, músculos, brazos, cuello, cabeza, por todas partes. El jefe intentó detenerlo: “¡Ya te vale, ya, se le va a parar el corazón!”.

Los prisioneros se ponían enfermos por la mala calidad del agua. No se les permitía ducharse con chanclas, muchos contrajeron infecciones por hongos. No se les permitía cepillarse los dientes.

— Durante dos años que no tenía la oportunidad de cepillarme los dientes. No me dejaron limpiarlos. Decían que “vuestros cepillos están de vacaciones”. O “el cepillo está malo”. Y así todos los días. Sé que nuestros cepillos estaban afuera de la puerta, pero o estaban “de vacaciones” o “en obras”, con tal de no dejárnoslos.

La región de Rostov

A finales de enero de 2024, finalmente llevaron a Román al intercambio. En ese momento supuestamente cayó un avión con prisioneros de guerra ucranianos. El intercambio falló. Los ucranianos fueron devueltos a una prisión en Kamensk— Shakhtinsky de la región de Rostov. Aquí nuevamente nos esperaba la “recepción”.

— Nos desnudaron en la calle. A pesar de la temperatura de diez bajo cero, había nieve. Te quedas desnudo, tiras tu ropa, todo, incluso los calcetines, en una pila. Entras... Si tienes tatuajes, entonces el único lugar donde no te pegan, es donde no están.

Sin embargo, sólo aquí, antes del intercambio, a los prisioneros finalmente les dieron de comer bien.

— ¡Un plato de medio litro lleno de gachas! ¡No había visto algo así en dos años! ¡Estaba lleno! ¡Y delicioso que hasta lo podías comer!

Durante los seis días previos al intercambio, los ucranianos pudieron comer bien. Finalmente los trasladaron desde la región de Rostov a la región de Sumy, hasta la frontera con Ucrania.

— Este ya era el noveno traslado. Yo pensé que iríamos a una nueva prisión. Decidí no albergar ninguna esperanza. Nos vendaron los ojos. Empezaron a hablarnos sin decir palabrotas, nos llamaron “muchachos”. Nos quedamos asombrados. ¡En dos años hemos perdido la noción del trato humano! Para ellos éramos cualquier cosa menos militares, muchachos, personas.


Según el Centro de coordinación para prisioneros de guerra, más de ocho mil ucranianos están en cautiverio ruso, con el lugar de detención confirmado. Al mismo tiempo, hay decenas de miles de personas, entre ellas muchos civiles, que siguen desaparecidas. Según el último informe de la ONU, Rusia no para de violar el derecho internacional humanitario referente al trato de los prisioneros: “Los testimonios de las víctimas muestran la crueldad y el trato inhumano que causó mucho dolor y sufrimiento a los prisioneros durante su detención prolongada. Todo esto se llevó a cabo con flagrante desprecio por la dignidad del hombre, causando traumas físicos y mentales a largo plazo”.

Le recordamos que el Grupo de derechos humanos de Járkiv ha creado una línea directa para personas desaparecidas. Si usted es familia o tiene información sobre prisioneros de guerra, civiles encarcelados o desaparecidos en los territorios ocupados, llame al 0 800 20 24 02 (gratuito).

No podemos garantizar que localizemos a su ser querido. Sin embargo, durante los años de trabajo, nuestros colaboradores lograron encontrar a más del 30% de la gente buscada.

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